domingo, 29 de septiembre de 2013

VENTANILLAS

Que colores en el verde de los arboles de Yautepec.
Su plaza, su mercado, la feria, las nieves de garrafa del kiosco.
La cocina del tamaño de cualquier templo, la puerta abierta siempre para quien quisiera pasar a comerse unas gorditas con atole.
Correr con las cacerolas cuando uno escuchaba al caballo, por que viene el señor del bigote a vaciarnos la leche que todavía estaba caliente; el pan con natas y los mil frutos del huerto.
San Francisco de piedra.

Mi pueblo mágico, pedacito de tierra en cada paso que doy desde que me aleje de el.
Le amo, como se ama a todo aquello que deja uno para convertirse en otra cosa.

¿Que si algún día regresaría? 
  Por supuesto que no.

martes, 24 de septiembre de 2013

DE PASO



Acostados en silencio, viéndose las miradas, escuchándose la respiración con los ojos, oliendose la vida misma que emanaba de el cuerpo del otro. No necesitaban de nada, no querían de nada, no importaba realmente nada, porque era tan absurdo todo lo demás, de color deslavado, tan fuera de contexto: el trabajo, el estudio, la oficina; los trastes sucios, la ropa del suelo; regar las plantas, darle de comer al gato, el teléfono que sonaba y sonaba pidiendo a gritos la atención... el sexo. El mundo les parecía tan pequeño, del tamaño de una matrimonial; sin base, sin cabecera, sin las mesitas laterales ni lamparas de leer... y es que el mundo les era ese y ese mundo les bastaba.

Solo había con verlos un segundo para darse cuenta de la perfección que envolvía la fantasía de su momento, como si estuviesen pintados o retratados a propósito;  como si algún poeta de rebuscado léxico los estuviese narrando: un pie por aquí, el brazo por allá, los cabellos en la cara, la sonrisa de complicidad implícita.

Andaban... si es que se puede decir que andaban, porque en realidad no andaban, sólo salían de vez en cuando; más bien, estaban... Estaban ahí desde hace un buen rato, quien sabe cuánto, no había manera de medir el tiempo, no había ningún reloj a la vista. Un intento inútil de una declaración de guerra en contra de la sucesión de minutos, del pasar del tiempo. Que si pudieran haberlo logrado, hubiesen detenido a la luna misma para que se quedara estática de una puta vez y que la noche no pasara. Y no es que no lo hubieran intentado ya antes. Cada noche subían a empujar la redonda con las manos, con la cabeza, con el sexo. Y cada mañana regresaban derrotados y cansados con el sol, listos para continuar como dice Arreola: "Con el desayuno envenenado por la rutina de todos los días."

Pero fue en esa noche, no en las anteriores ni en las subsecuentes, sino en esa noche, entre el claro oscuro de la victoriosa madrugada, las sabanas, la matrimonial y el mundo, y las frentes que eran una sola; que se dieron cuenta de donde estaban parados, o mejor dicho acostados... se sabían, se reconocían. Se daban cuenta que se encontraban en el punto más alto, en la parte más elevada; que habían llegado a la cúspide de su propia montaña, al último piso del edificio que tanto les gustaba, con el color, y sus ventanas y las plantitas que se asomaban de ellas. La idea que debería haber despertado un suspiro de romanticismo y  de cliché,  a ellos les estrelló con perfume de terror, una esencia de vacío en los estómagos, de flor seca, de papel arrugado, de silencio obscuro.

Y es que el problema de llegar a la cima es precisamente ese: Que si se llena un poco más el vaso se desborda y chorrea, y la mesa se moja; que después de la punta del iceberg lo único que sigue es una cuesta abajo, un declive, la funesta marcha de regresar al punto en el que uno empezó a escalar. Que la fruta madura se pudre, que el café pierde su aroma, que los gusanillos dejan de serlo y se vuelven mariposas, pero ya no son gusanos. Y quien mierdas les preguntó si querían dejar de ser gusanos; si nos les gustaba arrastrase y estar clavados a la tierra o si soñaban con tener alas o volar.

Vamos buscando esa cima como quien busca un tesoro, el juguete favorito, los brazos de la madre. Como si al llegar ahí el tiempo se rindiera a detenerse y lo fuesen a bañar a uno en confeti, con su música de  silbatos, y todos nuestros conocidos fueran a salir de detrás de las paredes y de las macetas, aplaudiéndonos por haber llegado a ese gran fin. Siempre en búsqueda del abrigo perfecto, el lugar perfecto, la persona perfecta, los zapatos combinados. Como caballos de calandria, inconscientes como sólo nosotros sabemos serlo; curiosos e ignorantes de la fatalidad que puede llegar a ser con el encontrarse.  

Y ahí estaban los dos, acostados en silencio, viéndose las miradas, escuchándose la respiración con los ojos, oliéndose la vida del otro, con un pie por aquí, el brazo por allá; los cabellos en la cara, la sonrisa; con los trastes sucios, la ropa del suelo, el teléfono que sonaba; con el sexo y con el terror.
Porque ellos no podían detener la luna a media noche. Porque uno nunca se detiene y siempre esta de tránsito, porque todo cambia y nada realmente está construido para durar un para siempre. Porque la fricción es una puta. 

Se encontraban condenados y ellos lo sabían. Y sin dejarse los ojos ni un momento, continuaron su peregrinación esa mañana, al ocaso de sus días.
       
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Este pequeño texto esta inspirado en algún otro texto que alguien me platico alguna vez. Por meses trate de buscarlo o algo que me hablara remotamente de el sin éxito, en este punto, hasta yo empiezo a dudar si alguien alguna vez me o contó.
Ya que no puedo encontrarlo para leerlo y referirme a el, escribo esta, mi versión para que no se pierda el mensaje... al final, supongo que es lo único que es importante.

viernes, 6 de septiembre de 2013

RELOJ DE ONCE HORAS

Ojos laberinto 
Labios de universo 
Baúl de los secretos 
Apócrifa de Venus 

Botellita fiesta 
Cumpleaños feliz
Sonata pal' insomnio 
Pastilla para no poder dormir

Olores de manzana
Pijama improvisada 
Besos de mañana
Sueños amarillos

Cama de princesa 
Espanta suegras rosa
Reloj de once horas 
Carta del tarot 

Ruido en la cabeza 
Cabellos de miel
Pedacito de utopia
Palabras de cafetería 

Travesía inconclusa 
Motivo para regresar
Un "te amo"  improvisado 
Milagro, aire, tierra,fuego y mar.