domingo, 29 de septiembre de 2013

VENTANILLAS

Que colores en el verde de los arboles de Yautepec.
Su plaza, su mercado, la feria, las nieves de garrafa del kiosco.
La cocina del tamaño de cualquier templo, la puerta abierta siempre para quien quisiera pasar a comerse unas gorditas con atole.
Correr con las cacerolas cuando uno escuchaba al caballo, por que viene el señor del bigote a vaciarnos la leche que todavía estaba caliente; el pan con natas y los mil frutos del huerto.
San Francisco de piedra.

Mi pueblo mágico, pedacito de tierra en cada paso que doy desde que me aleje de el.
Le amo, como se ama a todo aquello que deja uno para convertirse en otra cosa.

¿Que si algún día regresaría? 
  Por supuesto que no.

2 comentarios:

  1. Gigantes de piedra que se encogen con el tiempo. En el templo, que era mi casa, recuerdo a ese San Francisco de piedra que medía dos veces mi tamaño. Hoy, con tres veces más mis años, regreso a ese punto de mi vida. Mi barco es mi memoria, porque de aquello no queda nada. La casa está intacta, su estructura ha envejecido apenas unos lustros. No, yo digo que no queda nada, porque las puertas se cierran cuando uno da ese paso adelante. Uno ve el precipicio y se avienta sin saber nada de lo que le espera en la caída libre del destino. Porque así está diseñada la vida: una eterna caída libre, dejada a la suerte de cada quién. Pero es fortuna saber que ese diseño tan caprichoso de Dios o del Universo se concibe por y para la humanidad. Pues es imperante constar la soberbia humana de creer saberlo todo.

    Cuando era niño y me paseaba por los pasillos de mi casa, mi templo, creía saberlo todo. Y en cierta medida, no me equivocaba. La naturaleza florecía por todos los pasillos del hogar. Lo natural se manifestaba y abría en mi mente la sensación de saberlo todo. Y tal vez no me equivocaba. Mas un buen día, tuve que dar el paso siguiente hacia el abismo de mi devenir. Ya no “soy”, pero soy siendo.

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